Puppet Master review

Un grupo de hombres y mujeres con poderes psíquicos reciben la misma llamada telepática: un antiguo enemigo de todos ellos, el infausto Neil Gallagher, se encuentra en un hotel situado en Bodega Bay a donde llegó en busca de las investigaciones de André Toulon, un marionetista que se suicidó en el hotel.

Título original: Puppet Master

Año: 1989

Duración: 90 min.

País: Estados Unidos

Director: David Schmoeller

Guion: David Schmoeller

Música: Richard Band

Fotografía: Sergio Salvati

Reparto: Paul Le Mat, William Hickey, Irene Miracle, Matt Roe, Kathryn O’Reilly, Robin Frates


Divertidísimo origen de una alocada saga.

Curioso el caso de Puppet Master ya que está apadrinada por la Full Moon de Charles Band, quien como Roger Corman amparó producciones baratas, generalmente exploits, pero con una cantera de estrellas y directores menos interesante que la de Corman. Pero volvamos a Puppet Master que no deja de ser un exploit de dos películas anteriores producidas por Charles Band: Dolls, que Stuart Gordon rodó en 1987 y que trata sobre unos muñecos siniestros, y Tourist Trap en 1979 del propio Schmoeller acerca de un telépata que mueve maniquíes a su antojo para matar a gente… ¿Existirá la palabra autoexploit?


Un grupo de hombres y mujeres con poderes psíquicos reciben la misma llamada telepática: un antiguo enemigo de todos ellos, el infausto Neil Gallagher, se encuentra en un hotel situado en Bodega Bay a donde llegó en busca de las investigaciones de André Toulon, un marionetista que se suicidó en el hotel.

Ha llegado el momento de la venganza contra Neil Gallagher pero unas extrañas marionetas vivientes que residen en el hotel, tienen sus propios planes.

Debemos quitarnos el sombrero ante David Schmoeller por pergeñar Puppet Master, según una idea (ejem, ejem) de Charles Band y Kenneth J. Hall, ya que es capaz de meter un montón de elementos bizarros en la historia y hacer que funcionen como la cosa más normal del mundo.  En los primeros quince minutos, Schmoeller, consciente de las limitaciones, coloca todas las piezas del juego: el hotel situado en Bodega Bay, unos muñecos con vida propia, extraños ritos, un cadáver y un grupo de telépatas en busca de venganza. El mayor "pero" que se lo podría poner al guion, y ya de paso a la película, es no ser capaz de cerrar todos los cabos en un final que termina por resultar caótico.

Hay múltiples razones para rescatar Puppet Master del catálogo directo a video de la Full Moon ya que, a pesar de cumplir con los estándares de este tipo de producciones como presupuestos ajustado – o casi directamente inexistente – actores de saldillo, cierto erotismo gratuito o efectos especiales de andar por casa, está repleta de imaginación y sugerencia. La cámara de Schmoeller casi siempre está situada a la altura de los muñecos, realmente los dueños de la función, y como la escasa carnaza debe durar hora y media, imprime a la narración un ritmo lento e irreal que le viene como anillo al dedo.

Los asesinatos en si no son nada del otro mundo, recordemos el bajo presupuesto, y por ello se centra más en esa atmósfera casi onírica y en los preámbulos como el prólogo – que de largo es casi eterno - la escena de la chimenea donde uno sabe qué ocurrirá pero no cuándo, la escena sexual interrumpida por los muñecos o los sueños dentro de los sueños que sufre Paul Le Mat, todo esto rodeado de una cierta sexualidad  muy de los ochenta y la Full Moon, donde se mostraban desnudos femeninos vinieran a cuento o no; imposible no destacar, entre el grupo de telépatas, a Carissa Stamford, eternamente cachonda debida a su conexión con el historial sexual de camas, ascensores, incluso escaleras…, o a Dana Hadley siempre bebida y que habla con un pekinés disecado al mismo tiempo que intenta llevarse un hombre a la cama… Una pena que en las secuelas se obviaran todos estos elementos bizarros que dan personalidad a Puppet Master.

Al margen de las bondades, o locuras, de David Schmoeller, hablemos ahora de otro David, David Allen, como el encargado de las marionetas ya que su trabajo es espectacular no solo en el diseño sino en los movimientos o, como en el caso de la marioneta mujer, la capacidad para convertir un “juguete” en algo tan repulsivo. La música de Richard Band, en su estilo, cumple sin más y así como su famoso tema de Reanimator es un plagio/homenaje del que Bernard Herman compuso para Psycho de Alfred Hitchock, aquí no se queda atrás y la música de los muñecos es un fusilamiento directo del tema que John Morris compuso para The Elephant Man en 1980. Si tenéis cinco minutos comprobadlo, os quedaréis de piedra.


Las interpretaciones son de piloto automático pero ¿qué más da? Lo único que se les pide es mantener el tipo hasta que les llega la hora tal como hacen, Paul Le Mat, el protagonista junto a la actriz Robin Frates, y a estos añadimos la perpetua sonrisa irónica de Irene Miracle, la pareja cómica/sexual de Matt Roe y Kathryn O’Reilly, la maldad de Jimmie F. Skags y el buen hacer del veterano William Hickey.

Puppet Master, merece la pena por varias razones: hay tantos elementos sueltos en su historia que aún se sigue explotando su potencial, mantiene intacto esos elementos ochenteros en una época tan nostálgica como la nuestra y siguen funcionando, el diseño de los muñecos es maravilloso, la dirección de David Schmoeller saca oro del presupuesto…. Acércate sin miedo a este hotel de Bodega Bay porque seguro que le encuentras muchos valores.

Firma: Javier S. Donate