The Sonata review

Una famosa violinista recibe la noticia de que su padre y a la vez uno de los compositores más reconocidos ha fallecido, esta desagradable noticia le hará acudir a la casa en la que residía, una gran mansión que al parecer guarda más secretos sobre su padre de la que ni ella misma podía imaginarse.

Título original: The Sonata

Año: 2018

Duración: 90 min.

País: Francia

Director: Andrew Desmond

Guion: Andrew Desmond, Arthur Morin

Música: Alexis Maingaud

Fotografía: Janis Eglitis

Reparto: Freya Tingley, Simon Abkarian, James Faulkner, Rutger Hauer


Una sinfonía de terror gótico.

La relación entre la cultura y el diablo, o la utilización de cualquier arte para romper las barreras entre mundos, ha sido explotada – generalmente de forma irregular – en películas como The Ninth Gate de Roman Polanski o Cigarrete Burn, ese destello de brillantez en el ocaso de John Carpenter. Andrew Desmond sigue el mismo camino, aunque esta vez se trata de la música, en su ópera prima: The Sonata.


La joven y prodigiosa violinista Rose Fisher recibe la noticia de la muerte de su padre, el reputado y solitario compositor Richard Marlowe, y como este la dejó en posesión de su inmensa y aislada casa en Francia. A pesar de la inexistente relación padre/hija, Rose acude al lugar y allí encuentra la última sonata compuesta por su padre. Cada nota que Rosa avance en la partitura despertará un extraño poder.

Andrew Desmond y su coguionista Arthur Morin logran, en sus primeros compases, traer ecos del terror gótico gracias a esa joven asustada en un lóbrego castillo, los interiores oscuros, simbología extraña… La apuesta es clara: una historia repleta de misterio que, poco a poco, se vaya convirtiendo en algo más terrorífico de lo que parecía al principio. Sobre el papel The Sonata igual funcionaba, pero en la traslación a pantalla empiezan a surgir los problemas de forma, con esa historia que salta caprichosamente de la joven en Francia a su representante en Inglaterra, y de fondo ya que el tema más interesante, la existencia de una secta que busca utilizar las artes para romper los velos entre diversos mundos, queda en segundo plano durante dos terceras partes de la película y cuando debería tener importancia la película llega a su fin. Y prefiero no entrar en la rapidez en que encuentran los símbolos, esos sueños que llevan a la protagonista de un lado a otro, la tardía presentación de los fantasmas, etc…

The Sonata tiene el mismo problema que las películas antes mencionadas: interesa más por el viaje que por su destino, ya que las pistas sembradas por el camino anticipan algo que, al concretarse, pierde fuerza; pero claro, Andrew Desmond no es Roman Polanski ni John Carpenter y es incapaz de generar esas atmósferas misteriosas que distinguen Cigarrette Burns y The Ninth Gate. Y es una pena porque Desmond tiene en su mano dos muy buenos talentos como el director de fotografía Janis Eglitis y en el compositor Alexis Maingaud, quienes cumplen de sobra en sus respectivos campos y a quien esperamos ver en futuras películas de terror.


El nivel interpretativo también raya en lo notable ya que tanto Freya Tingley – el centro del misterio – como Simon Abkarian llenan la pantalla con su presencia aunque tengan personajes sin mucha sustancia, mientras Rutger Hauer se pasea ante cámara con un papel que, de misterioso, resulta anodino – teoría loca: ¿redujeron su papel porque el presupuesto daba para escasas sesiones? -  y lo mismo puede decirse del impresionante James Faulkner ya que su personaje se reduce a soltar información en un plano medio y, una vez se ha ido el protagonista, asomarse por la ventana con gesto de “ja, ja, sé más cosas pero no las voy a decir”.

Hay que reivindicar el interés de Andrew Demons y The Sonata por la búsqueda del terror gótico, de ese terror sensorial y por ser uno de los últimos papeles de Rutger Hauer, pero el resultado es dispar ya que los buenos acordes, con una mala ejecución, se convierten en sonidos chirriantes.

Firma: Javier S. Donate.