Dry Blood review


Brian Barnes es un politoxicómano que decide, tras despertar en su coche, refugiarse en su casa de campo e iniciar la desintoxicación. Sabe que será difícil aunque cuenta con la ayuda de su amiga Anna, pero extrañas presencias en la casa y la aparición constante de un policía local harán que se plantee si aún está en pleno viaje de pastillas o si todo aquello es real.

Título original: Dry Blood

Año: 2017

País: Estados Unidos

Duración: 83 min.

Director: Kelton Jones

Guion: Clint Carney

Música: System Syn

Fotografía: Graham Sheldon

Reparto: Clint Carney, Kelton Jones, Jaymie Valentine, Robert V. Galluzo, Graham Sheldon


Una cinta con estética de porno amateur.

Defiendo a capa y espada las pequeñas cintas que pueden servir para descubrir a nuevos directores; alguna de las mayores sorpresas que me he llevado en los últimos años vienen de esas cintas desconocidas que, si tienen suerte, consiguen romper los circuitos tradicionales y saltar más allá. Ahora mismo la primera que me viene a la memoria es We Are Still Here (2015) de Ted Geoghegam que, con un presupuesto limitado y un grupo de actores y actrices, fue como un golpe en toda la cara. Por ello, suelo dedicar especial atención a las óperas primas en el género.


Brian Barnes es un politoxicómano que decide, tras despertar en su coche, refugiarse en su casa de campo e iniciar la desintoxicación. Sabe que será difícil aunque cuenta con la ayuda de su amiga Anna, pero extrañas presencias en la casa y la aparición constante de un policía local harán que se plantee si aún está en pleno viaje de pastillas o si todo aquello es real.

Dry Blood parte de la misma premisa que We Are Still Here: bajo presupuesto, papeles intercambiables, ya que entre los actores, encontramos al guionista, director y al director de fotografía, pero hay grandes diferencias entre una y otra, no sabría decir si es el talento o un conjunto de malas decisiones. Aunque el director Kelton Jones cuenta con trabajos actorales en televisión, la carrera actoral de Clint Carney se reduce a varias apariciones en cortometrajes. Es imposible empatizar con un personaje principal, que debe llevar el peso de la cinta sobre sus espaldas, si no hay un buen actor; Carney no parece creerse su personaje, y mira que lo escribió él, ya que ni hace creer que está de “bajona” de drogas ni aterrorizado.

Kelton Jones, como el terrible policía que le persigue, por lo menos tiene peso en pantalla; eso sí, algunas de las secuencias que comparten Carney y Jones parecen sacadas de una cinta gay amateur. Jaymie Valentine, el personaje femenino, físicamente es resultona pero su papel es limitado y parece estar en la cinta para frenar los avances del protagonista por meterse en su cama, además de su desnudo gratuito totalmente innecesario; Graham Sheldon, asimismo el director de fotografía, es mejor técnico que actor.

Las mayores losas de Dry Blood son por un lado el guion, que no parece decidirse entre una historia de terror o un manual de autoayuda editado por una asociación ultraconservadora, y la terrible música de System Syn que parece ir por un camino distinto a la película.


¿Y qué demonios hago hablando de Dry Blood si no dejo de ponerle pegas? Porque tiene algunos momentos brillantes, sobre todo los que juegan con las apariciones, y un último tercio que sube enteros respecto a todo lo anterior y que lleva a un epílogo, más que satisfactorio que, de haber sido mejor la cinta, podría resultar escalofriante. Así que por eso estás leyendo sobre Dry Blood: mala escritura, interpretaciones justitas, música horrible… Pero algunas ideas muy interesantes.

Si tienes tiempo, y ganas, echa un ojo a Dry Blood y deja que tu imaginación recree cómo debería haber sido la cinta de verdad. O si no estás por la labor, disfruta viendo el carnaval de muecas de Carney, lo mal que queda la música y esos momentos homoeróticos entre Jones y Carney.

Firma: Javier S. Donate.