Hokum review

Ohm Bauman, un escritor norteamericano de éxito, se traslada a una pequeña región irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres en el lugar donde, décadas atrás, disfrutaron de su luna de miel. Ohm intenta así saldar una deuda con su trágico pasado familiar y, de paso, buscar algo de inspiración para dar un final satisfactorio a la trilogía literaria que lo ha convertido en alguien más famoso de lo que le gustaría. Pero en el hotel donde se aloja esos días no es tranquilidad lo que va a encontrar, sino una habitación sobre la que pesa una maldición ancestral y un crimen reciente que se ve impelido a resolver a causa de su mala conciencia. Algo que podría costarle la vida.

Título original: Hokum

Año: 2026

Duración: 107 min.

País: Irlanda

Director: Damian McCarthy

Guion: Damian McCarthy

Música: Joseph Bishara

Fotografía: Colm Hogan

Reparto: Adam Scott, Peter Coonan, David Wilmot, Florence Ordesh, Will O’Connell, Mallory Adams, Michael Patric, Brendan Conroy, Austin Amelio, Ezra Carlisle


Un cóctel de whodunit y puro terror para todos los paladares.


No debería sorprender a los que ya conocíamos su trabajo previo, pero el boca a boca está catapultando a Hokum, el nuevo trabajo de Damian McCarthy, hacia el top del año con toda justicia. No es solo una cuestión de modestia o sencillez en su planteamiento y en sus formas, es el talento del director de Caveat y Oddity lo que convierte una propuesta clásica en algo refrescante. Pese a quien pese, el terror sigue siendo uno de los géneros que más sorpresas da al aficionado al cine hoy en día. Y son títulos como estos los que dan buena prueba de que goza de mejor salud que nunca, y eso a pesar de que tampoco escape a la plaga de remakes o franquicias sobreexplotadas. Los presupuestos reducidos obligan a agudizar el ingenio, y de eso anda sobrado el cineasta irlandés.


Ohm Bauman, un escritor norteamericano de éxito, se traslada a una pequeña región irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres en el lugar donde, décadas atrás, disfrutaron de su luna de miel. Ohm intenta así saldar una deuda con su trágico pasado familiar y, de paso, buscar algo de inspiración para dar un final satisfactorio a la trilogía literaria que lo ha convertido en alguien más famoso de lo que le gustaría. Pero en el hotel donde se aloja esos días no es tranquilidad lo que va a encontrar, sino una habitación sobre la que pesa una maldición ancestral y un crimen reciente que se ve impelido a resolver a causa de su mala conciencia. Algo que podría costarle la vida.

Aunque encontramos todas las señas de identidad de la obra previa de McCarthy, lejos de repetirse, el director perfecciona sus trucos y vuelve a demostrar una habilidad incontestable combinando humor, suspense y terror. Una vez más, el clásico whodunit británico empuja la narración, pero la ambientación gótica y unas pinceladas de folk horror dejan patente que aquí lo que importa es angustiar al espectador, que junto al protagonista, acaba sumido en una especie de escape room con más de una sorpresa y giro argumental que ayudan a digerir algunos de los tropos más predecibles del argumento, aunque no por ello igualmente divertidos al estar servidos con oficio e inteligencia.

La primera apuesta ganadora es la elección de su protagonista, Adam Scott, hoy mundialmente conocido gracias a su trabajo en la aclamada serie producida por Apple, Severance. Un actor modelo porque esa cara de acelga no enamora de entrada, como tampoco su personaje, un escritor amargado y socialmente incapacitado. McCarthy utiliza sus confrontaciones iniciales para ponernos a todos en su contra. Sin embargo, el desarrollo de la trama acabará conectándonos al personaje. No solo por el trauma con el que carga, sino por la deuda de vida que contrae durante su viaje a Irlanda.

La narración no sólo se apoya en la presencia de Scott, sino también en la de los secundarios, donde encontraremos antagonistas, como el interpretado por Michael Patric, uno de los inevitables sospechosos del elenco, pero también la indispensable ayuda que nuestro antihéroe necesitará para ir desgranando el misterio que se le presenta, encarnada por Florence Ordesh o David Wilmot, en una galería de personajes que se mueve entre el retrato costumbrista y el dramatis personae habitual del género de suspense.

Aparte de la fortaleza del guion y la dirección de actores, brilla también la cinefilia del autor de Oddity, en la que desdoblaba a su protagonista femenina, una excelente Carolyn Bracken, en un guiño a autores como Alfred Hitchcock o Brian De Palma. En esta ocasión, su particular homenaje es a Stanley Kubrick y su legendaria El Resplandor. Y el gran acierto es hacerlo sin reproducir cualquiera de sus icónicas imágenes. Es más bien una invocación argumental, porque hay un escritor, un hotel, algún que otro fantasma, una habitación maldita y hasta un par de gemelos correteando por el hall en las primeras escenas. Y ahí acaban los parecidos. Hokum tiene su propia voz, afortunadamente. Y una que va a resonar por mucho tiempo entre los aficionados.


Ante todo, por su honestidad. Es una película que hace honor a la máxima de pasarlo en grande pasándolo mal. Y lo hace cumpliendo algunas normas de toda la vida, por trilladas que nos suenen, como esos jump scares. Un peaje que aquí se paga con gusto, porque funcionan tan bien como el reloj de la temible habitación encantada. Se disfruta con cada sobresalto, con la sensación de peligro creciente, de pesadilla, aunque una siempre salpicada del humor socarrón que ya descubrimos en Caveat. La mala leche es marca de la casa. Y eso ayuda a transitar la atmósfera opresiva que con una escueta puesta en escena nos sumerge en la acción con total eficacia.

Porque no hay alardes ni excesos con la escenografía ni con la cámara. Otro rasgo distintivo de McCarthy, que hace de la mesura y del bajo presupuesto su bandera como cineasta.

No vamos a pasar por alto que vuelve a echar mano de la receta de sus anteriores largometrajes. Y ese podría ser el gran reproche de este tercer largometraje de una más que prometedora carrera. Quizá más de un aficionado esperase un cambio de registro en su planteamiento narrativo. Pero hay que reconocer que su fórmula sigue funcionando a las mil maravillas. Todo un ejemplo de contención y concisión que, dejando a un lado distinciones de género, convierten este Hokum en una de las mejores películas del año.

Firma: Guillermo Martel.

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